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En la imagen. No, no son Macarena Olona y otros dirigentes de Vox en las recientes elecciones andaluzas. Son Pepe Isbert, Manolo Morán y Lolita Sevilla, junto con otros actores, en 'Bienvenido, Mister Marshall', la emblemática película de Luis García Berlanga

Como sabrá el lector de EL MANIFIESTO, la OTAN viene a Madrid. Se trata de la más alta ocasión que vieron los siglos: Sánchez va a hacerse una foto con Biden y se va a exhibir en la motorcade del achacoso mandamás yanqui, igual que Jarabo hacía por la Gran Vía en el haiga descapotable de la inglesa con la que fornicaba.

Los chulos siempre han tenido a una vieja que les paga los caprichos, desde la corbata Hermès hasta el tirito de farlopa. Jarabo era un rumboso semental que por culpa de un empeño, un sablazo y unos cuernos acabó en asesino múltiple. Pero hasta que le delató el elegante y señoritil prurito de llevar el traje ensangrentado al tinte, nadie paseó con más garbo Red de San Luis abajo con un mono tití al hombro. Aquel era el Madrid de Ava Gardner y de Chicote. Otro mundo. Hoy ya no hay jarabos que paseen con ademán de jaque hembras de tronío bajo los rascacielos enanos de la Villa y Corte; la Gran Vía ha quedado en sumidero de franquicias, zahúrda de guiris con tirantas y feria de semovientes de género ambiguo. El escenario perfecto para mostrar las glorias del Nuevo Orden Mundial.

Todavía algún castizo se acuerda de la visita de Eisenhower, cuando Madrid entero gritaba “¡Ike, Ike, Ike!” (pronunciando “¡Ique, Ique, Ique!”) ante un pasmarote yanqui acostumbrado a que le llamasen “Aik”. Franco sacó al penco sajón por la Gran Vía en coche descubierto y sólo le faltó pararse en Pasapoga para que el americano abrevara. Sánchez no tendrá los redaños del general para repetir la gesta. Sólo faltaría que un Oswald ibérico les atine con un tomatazo. Tampoco sabemos si los honores militares al sucesor de Trump los dirigirá la generalísima Robles, amazona sobre un unicornio, al frente de un batallón arcoiris.

Un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo… Sánchez personificará la política exterior española de los últimos cincuenta años durante estas solemnes jornadas: obedecer a Washington sin rechistar y pedir árnica a Bruselas cuando Marruecos, Argelia o vaya usted a saber qué otra potencia del Tercer Mundo nos arree un buen soplamocos. Nadie quiere acabar como el almirante Carrero. Y Sánchez el que menos. ¿Dónde ha quedado el antiamericanismo de nuestros rojos de antaño? Rita Maestre, musa de la izquierda caviar, famosa en su tiempo por asaltar capillas a pecho descubierto, afirma que es un orgullo y un placer que Madrid sea la sede de la junta de matarifes atlantistas. Me cuesta entender lo del orgullo, pero eso del placer… Mira que hay gente rara. En fin: Rocío Monasterio no lo podría decir mejor. Son estos detalles los que demuestran que aquí nadie juega con las cosas de comer.

América ha sido muy desagradecida con España, ha castigado mucho a esta exnación que, como la proverbial furcia, pone la cama, se revuelca por los rastrojales y, de propina, se lleva una buena tunda: recordemos nuestra épica bajada de bragas saharianas ante Marruecos, el protegido de los americanos, y la bofetada bien merecida que nos propinó Argelia, nación que debería ser nuestra aliada permanente. Y Madrid no ha hecho más que obedecer perinde ac cadaver, como la criada para todo que es, a Washington y a Bruselas. Incluso fuimos a la Cumbre de las Américas en Los Ángeles en calidad de monarquía bananera, no se sabe muy bien a qué —quizá de zombis—, cuando faltaban naciones que sí pintan algo al otro lado del Charco, como México o Cuba.

La única política exterior que ejerce Sánchez es la que mantiene tratos con Cataluña de poder a poder, por no hablar de los lendakaris, caciques, primates, régulos y cabecillas de las diversas taifas y cabilas que trocean el cadáver de lo que fuera España, que lleva camino de convertirse en otro sultanato del Magreb... «¿España?», dijo. «Un nombre».

No cabe duda de que el anciano gángster de la Casa Blanca se va a divertir. Todos sus vasallos europeos acudirán a besarle los pies y podrá disfrutar con la actuación de dos genuinos bufones: Zelenski (que aprovechará para pasar la gorra y dar otro sablazo) y Sánchez (que no tiene gracia, pero hace muy bien de don Tancredo). Con semejante circo enfrente, Putin lo tiene muy fácil.

Por Sertorio

Publicado en El Manifiesto

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