Claudia Peiró

En su 7° libro, "El Patriarcado no existe más" (Galerna 2020), Roxana Kreimer acusa al feminismo hegemónico que postula que el sufrimiento de una mujer siempre es más grave que el de un hombre

Roxana Kreimer se atreve a remar contra la corriente, aparentemente mayoritaria, de lo que ella llama feminismo hegemónico. Y lo hace de modo contundente. No sólo la contradice en el elemento vertebral de su discurso -”el Patriarcado no existe más”, sentencia-, sino que desmonta incluso su agenda: no hay sexismo en el acceso a cargos jerárquicos ni diferente salario por un mismo trabajo según el género.

Licenciada en Filosofía y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, El patriarcado no existe más (Galerna 2020) es su séptimo libro. Estamos en vísperas del Día de la Mujer (8 de marzo) y como de costumbre habrá un torrente de lugares comunes, posverdades y afirmaciones sin chequear, esas “cifras zombies” de las que habla Kreimer, que todos repiten pero nadie chequea. En ese clima, nada más saludable que sumergirse en las páginas de este libro. Para confirmar lo que el sentido común indica, para aprender, incluso para polemizar pero con fundamento. El feminismo actual no debate, pontifica y cancela. Porque si de algo carece es de rigor.

Roxana Kreimer detalla aquí sus refutaciones al feminismo hegemónico y las apoya en “datos duros”: cifras. Por eso bautizó su iniciativa feminismo científico. Entre otras cosas, cita una investigación de Therese Söderlund (Suecia) que demuestra que “los estudios de género son los mejor financiados pero también los más sesgados y menos objetivos de todas las disciplinas”. De hecho, por lo general, toda crítica al feminismo actual recoge sólo indignación, nunca réplica.

Entre los cargos que formula contra la corriente hegemónica está justamente el de no tener un encuadre científico sino posmoderno -toda verdad es relativa-, de ser intolerante, de cultivar el victimismo de la mujer, de sostener que todas las mujeres están sometidas a los varones y, más grave aun, llevarse por delante principios constitucionales que son conquistas de la humanidad, como la igualdad ante la ley o la presunción de inocencia.

Finalmente, lo acusa de corporativo: el sufrimiento de una mujer siempre es más grave que el de un hombre. Un ejemplo de esto que señala Kreimer lo vivimos en la pandemia: el coronavirus mató más a los varones; da igual, el feminismo hegemónico asegura que las más afectadas son las mujeres basándose en puras subjetividades.

Sobre los hombres han caído y siguen cayendo las tareas más peligrosas, por eso protagonizan el 73% de los accidentes del trabajo (según la Superintendencia de Riesgos del Trabajo), dice Kreimer, son los que más abandonan la educación formal en todos sus niveles “y también son quienes construyen las casas en las que vivimos, quienes ofrecieron su vida en la guerra para liberarnos del nazismo, quienes bajan a las minas y se cuelgan de una soga para arreglar cables en lo alto”. Y, dato contundente si los hay, “mueren en promedio siete años antes, pero en Argentina y en muchos otros países se jubilan después”.

No es fácil remar contra la corriente: la respuesta que ha recibido Kreimer, convertida hace años en una referente del feminismo disidente en todo el mundo hispano, es la misma que recibe cualquiera que ose cuestionar el credo feminista: insultos, injurias, bloqueos o silencio; las estrellas del feminismo hegemónico no debaten.

Y no puede decirse que no tengan recursos: desde Mercedes D’Alessandro, directora de Economía, Igualdad y Género, consagrada por la revista Time, hasta la asesora presidencial Dora Barrancos: les sobran títulos, cargos, experiencia y hasta libros. Pero ambas y varias más eludieron el debate con Kreimer.

La buena noticia que trae el libro es que la corriente crítica hacia el feminismo hegemónico es menos escuálida de lo que parece. Kreimer menciona a muchas pensadoras del feminismo disidente, como Camille Paglia, y también a los varones que se atreven a decir lo suyo, tanto en Argentina como en otros países; enumera las redes, canales y revistas en las cuales se desarrolla un debate muy interesante sobre estas cuestiones y donde también se denuncian los excesos que llevan por ejemplo a que “miles de varones jóvenes estén siendo culpabilizados injustamente por el solo hecho de serlo”.

Ella misma ha logrado una amplia audiencia en Argentina y en el mundo hispanoparlante con su canal de Youtube.

Kreimer advierte que la centralidad que ha adquirido el feminismo en la agenda pública occidental hace que “temas de una relevancia cardinal como la pobreza o la desigualdad” se ubiquen “muy por detrás de los reclamos feministas, reconfigurando las agendas políticas de manera reactiva”.

El feminismo hegemónico afirma “que no nacemos con ninguna predisposición biológica y que todo se reduce a la influencia de la cultura”. Es la famosa sentencia de Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Kreimer afirma que ese “reduccionismo sociológico” es tan problemático como el “reduccionismo biológico”. Y que el feminismo hegemónico “termina postulando que una mujer ‘empoderada’ debe elegir igual que un varón: dialogar sobre los mismos temas, escoger los mismos oficios y profesiones, leer los mismos libros o crear las mismas obras de arte”. En esta lógica, señala, “si hay 80% de varones que estudian ingeniería o matemáticas, se culpa al patriarcado”, pero si “hay 80% de mujeres que estudian psicología, eso parece perfectamente justo”.

Para ella, “las mujeres ocupan cargos jerárquicos de manera proporcional a su participación en oficios y profesiones”, y si están más presentes en unos que en otros” no hay por qué sostener que eso se debe sólo a discriminación y estereotipos y no darle ningún espacio a las preferencias. “Propongo abandonar la tesis del ‘techo de cristal’ y, en caso de que haya puntualmente evidencia de discriminación en un caso particular, denunciarla”.

Lo mismo vale para la bendita brecha salarial que implicaría una menor paga por el mismo trabajo. “Si así fuera, sólo se contrataría a mujeres para pagar un salario inferior”, ironiza.

También cuestiona el concepto de violencia de género que, para el canon actual, es solo la que padece la mujer. Las cifras están descontextualizadas: sólo se cuentan los femicidios. Por caso, se obvian las cifras de infanticidio porque mayormente los cometen las mujeres (y no se refiere al aborto).

Kreimer se atreve además a denunciar una “industria del juicio” generada por el “yo te creo, hermana”, y la victimización permanente de la mujer. Así, proliferan denuncias falsas tanto de maltrato como de abuso hacia los hijos, generalmente en el marco de divorcios conflictivos.

— Tu libro desmonta con solidez muchos argumentos de lo que llamás feminismo hegemónico. Algunos de sus planteos resultan incluso contrarios al sentido común como que todos los hombres son violadores en potencia. Otros, como el de la brecha salarial no resisten el chequeo estadístico. ¿Cómo se explica la extensión que ha adquirido este fenómeno?

— Habría que diferenciar a quienes están a favor de la igualdad de derechos de hombres y mujeres de quienes se consideran feministas, y diferenciar también lo que muestran los medios de difusión de lo que ocurre en toda la sociedad. En la Argentina se autodenominan feministas solo el 32% de las personas, pero el 66% consideran que alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres es muy importante, según una encuesta realizada en 27 países por el Global Institute for Women’s Leadership de King’s College London en 2019. Estados Unidos es el país en el que más mujeres se consideran feministas, el 42% dice que este término las describe bien y el 19% que de alguna manera las describe, según una encuesta del Pew Research Center del 2020. El grupo etario con más adhesión es el de las jóvenes entre 18 y 29 años, a las que ofrece un marco identitario como era el de la política para mi generación.

— ¿Y en Europa?

— En Europa también es minoritaria la cantidad de personas que se dicen feministas: 30% en Francia, 25% en Italia y Gran Bretaña. En Dinamarca, el país considerado por el Banco Mundial en 2016 con la mayor igualdad de género del mundo, solo una de cada cuatro mujeres se considera feminista, solo 8% tiene una opinión favorable del movimiento #Metoo y un 35% lo desaprueba activamente. El #Metoo a mi modo de ver fue valioso en un comienzo pero luego arrasó con garantías constitucionales que costó siglos conseguir. La popularidad masiva del feminismo comenzó en Argentina en el 2015 con el movimiento #Ni una menos, promovido por periodistas que elaboraron una encuesta que no comparó la violencia que padecen las mujeres con la que padecen los hombres, y se acentuó con las repercusiones locales del #Metoo.

— ¿Y la escasa réplica que tiene?

— No es escasa la réplica que generó el feminismo hegemónico. Ya hay numerosos libros de esta corriente, que además tiene cientos de representantes de enorme difusión en las redes sociales, mucha más que la que logra el feminismo hegemónico, por ejemplo, en Youtube. Donde esta crítica está menos presente es en los medios de difusión, un ámbito dominado por la corrección política.

— ¿A qué se debe al auge actual?

— Con la caída del comunismo en Europa del Este, la izquierda focalizó fuertemente en las políticas identitarias, y el feminismo es una de las más dominantes. Dentro de este movimiento hay reclamos justos y otros que extrapolan de la esfera económica las categorías de opresor y oprimido y carecen de apoyo empírico, y abandonan el marco racional y universal que signó al proyecto ilustrado. El reduccionismo sociológico que cultiva el feminismo hegemónico, ignorando la biología, la falta de contrastación de hipótesis rivales en cuestiones como la brecha salarial, el acceso a cargos jerárquicos y la violencia, dificultan el avance del conocimiento y de las políticas que mejorarían a la sociedad en su conjunto.

— ¿Cómo entender que sus postulados se hayan convertido en una suerte de credo moderno al punto que negarlo o siquiera ponerlo en duda es herejía y recibe el consecuente castigo?

— Poner en duda lo establecido y recibir un castigo por eso no es algo que haya ocurrido solo con el feminismo sino con todos los movimientos que se incorporan a las instituciones de una sociedad y que forman parte del sentido común promedio.

— Las feministas creen estar haciendo una revolución. Sin embargo, da la impresión de que el sistema las respalda. Mercedes D’Alessandro acaba de ser destacada por la revista Time.... ¿Alguno de los planteos del feminismo hegemónico pone en riesgo el statu quo? ¿El capitalismo? ¿La democracia burguesa? bla, bla

— Como Mercedes D´Alessandro no da evidencias en sus escritos de conocer los estudios científicos que muestran cómo interactúan biología y cultura, cultiva el determinismo social del que hablaba antes: se pregunta por qué hay más mujeres maestras y más hombres técnicos, o por qué hay más mujeres sindicalistas orientadas a la acción social, y solo lo atribuye -al igual que todo el feminismo hegemónico- al sexismo o a la reproducción de estereotipos. La biología no es un destino, pero no puede ser ignorada a la hora de producir buenos diagnósticos. Por otra parte, juzga inferiores las preferencias más frecuentes en las mujeres en relación a las preferencias más frecuentes en los varones. Creo que en la agenda feminista quedan pocos items que impliquen una auténtica conquista de derechos: el incremento de guarderías en los ámbitos laborales, la flexibilización de los horarios de trabajo y las licencias parentales son algunos de ellos. En un estudio de 2019 Stoet y Geary encontraron que los países desarrollados son los que tienen mayor igualdad de género, con una ligera ventaja para las mujeres. En los menos desarrollados, las mujeres suelen estar peor que los hombres, en buena medida por no poder conseguir una buena educación. ¿Si es compatible la igualdad de género con un capitalismo versión Estado de Bienestar? Sí lo creo, aún cuando dudo que el capitalismo sea el mejor sistema en el que pueden desarrollarse los seres humanos en general.

— Impacta la naturalidad con la cual, como señalaste, el feminismo se lleva puestos varios principios elementales del derecho y varias libertades personales -que enumerás en tu libro-. ¿Podemos decir que incluso atenta contra derechos humanos, derechos individuales?

— Claro, garantías constitucionales como el derecho a una legítima defensa o a la presunción de inocencia, además del derecho al honor, son quebrantados por los escraches de hombres y por la forma en que, por ejemplo, algunas facultades argentinas despiden a docentes por meras denuncias mediáticas en las que se confunde la figura del “denunciado” con la del “condenado”. Un fallo en Estados Unidos estableció jurisprudencia contraria a esta práctica, prohibiendo que las universidades puedan erigirse a sí mismas en Estados autónomos que no respetan derechos humanos básicos, ya que las garantías constitucionales lo son, incluso forman parte de la Declaración de los Derechos del Hombre, firmada a pocas semanas de desarrollarse la Revolución Francesa.

— Es particularmente inquietante el capítulo sobre las falsas denuncias. Aparte de eso, una relación inapropiada en un momento dado de la vida, ¿convierte a un varón en un violador serial? ¿Puede la justicia tratarlo así? ¿No habría que revisar las diferentes figuras e incluso la edad del consentimiento que, como decís, no se corresponde con la realidad de las costumbres de hoy?

— Nuestro sistema judicial no castiga tipos de personalidad sino actos concretos, que son redefinidos conforme cambia la sociedad. Por ejemplo, el concepto de violación, que no aparece con ese nombre sino como “acceso carnal” en nuestro Código Penal, hoy admite también la introducción de objetos. Pero para algunas personas, el ancho espectro entre una seducción torpe y una agresión sexual suele esfumarse cuando se escracha a hombres en las redes. Respecto a la edad de consentimiento sexual, tiene un aspecto biológico y otro cultural. Mi abuela y mi bisabuela fueron madres a los 15 años. Si eso ocurriera hoy, tal vez mi abuelo iría preso por estupro. La ley debe acompañar a la costumbre, y creo que la edad de consentimiento debería ser reexaminada en un marco multidisciplinario.

— ¿Ser varón sólo implica privilegios? ¿Implicó siempre, a lo largo de la historia, únicamente privilegios?

— La narrativa del hombre opresor y privilegiado es cuestionada por historiadores como Daniel Jiménez, cuya hipótesis es que lo que existió tradicionalmente y en menor medida hasta el día de hoy es un intercambio de estatus por una protección que infantilizaba a la mujer, un esquema que fue apoyado por ambos sexos durante siglos. Indicadores de esta protección son las muertes laborales y las bajas civiles y militares en conflictos armados. El varón de las clases sociales más favorecidas contó con el privilegio de estudiar o de poseer propiedades, y todos tuvieron, por ejemplo, la exclusiva patria potestad de sus hijos. Pero hoy estas disparidades que perjudican a la mujer no existen a nivel sistemático, si bien no niego que persista el sexismo, pero tanto contra las mujeres como contra los hombres. En la agenda masculinista, que es el movimiento por la defensa de los derechos del varón, están presentes la lucha judicial contra de la obstrucción de los vínculos con sus hijos cuando se divorcian, las denuncias falsas, la desigualdad ante la ley y el quebrantamiento de garantías constitucionales como la presunción de inocencia.

— ¿Qué opinión te merece la formación en temas de género que se da en el marco de la Ley Micaela?

— Creo que las comisarías y las fiscalías deberían ajustar sus protocolos para los casos de violencia doméstica, pero no sólo en defensa de las mujeres, sino también de los hombres, algo que se está trabajando en el proyecto de Ley Alejo, ya que, por ejemplo, en muchas comisarías se burlan de los varones cuando denuncian que sus parejas les pegaron. Pero llenar los organismos públicos de cursos sobre cuestiones de género, incluso para sacar un carnet de conductor, tal como ocurre en Tucumán, implica un malgasto del dinero público, especialmente si tenemos en cuenta que los marcos teóricos y los datos del feminismo hegemónico hacen agua prácticamente por donde los mires.

— Afirmas que los planteos del libro “Economía feminista” de Mercedes D’Alessandro, directora de Economía, igualdad y género, sobre la condición económica y laboral de la mujer no están respaldados por la estadística. ¿Tuviste alguna réplica? ¿Esperás tenerla?

— Ni D´Alessandro ni feministas que conocía personalmente con anterioridad, como Diana Maffía o Dora Barrancos, aceptaron un diálogo sobre estos temas. Esta actitud es muy común en el feminismo. D´Alessandro me difamó en las redes, a partir de lo cual le respondí con una carta documento. Ahora estoy cuestionando los datos de muchos libertarios de derecha en mi canal de Youtube. Pero mientras los libertarios me responden, aún cuando a veces lo hagan de la peor manera, las feministas en general me cancelan. Un movimiento que se cierra a la crítica deviene dogmático, y esta es la experiencia de muchos críticos del feminismo en todo el mundo. Hoy, por criticar al feminismo muy superficialmente, un periodista puede quedarse sin trabajo para siempre. Este tipo de límites a la libertad de expresión son muy perjudiciales para una sociedad democrática.

— ¿Existe una feminización de la pobreza?

— Uno de los datos falsos repetidos hasta el cansancio es que las mujeres constituyen el 70% de los pobres del mundo. Cuando se busca esa fuente, a menudo se cita un informe de 1995 del Human Development Report, pero no hay referencia alguna a cómo se llegó a esa cifra, o manera de chequearla. Esos datos “zombies” son habituales en el feminismo. En todo el mundo hay más hombres que mujeres que duermen en la calle. Cuando se mide la brecha salarial no se tiene en cuenta que las mujeres trabajan fuera del hogar diez horas menos que los hombres por semana, en promedio, según cifras del Ministerio de Trabajo del 2017. También se ignora que hay una transferencia de recursos de los varones hacia las mujeres cuando tienen hijos y están en pareja, y que esto es resultado de una división del trabajo consensuada. En el noveno decil, en la Argentina las mujeres en promedio ganan más que los hombres.

— ¿Puede hablarse de un negocio detrás de este fenómeno del feminismo? ¿O al menos de privilegios? Se crean nuevos puestos -en su mayoría innecesarios-, subsidios, becas, cátedras, capacitaciones, etcétera.

— Creo que hay muchísimos cargos públicos innecesarios, empezando por el Ministerio de la Mujer. En las redes sociales la ministra (Elizabeth Gómez) Alcorta solo muestra que participa de reuniones. No niego que hayan logrado algo de lo que es difícil enterarse para el ciudadano común, pero dudo que eso justifique los gastos que conlleva un ministerio, especialmente en un país con 40% de pobreza y otras prioridades.

— Paradójicamente, la violencia “de género” no podrá ser frenada, decís, si se la considera exclusivamente “de género”, o sea solo resultado del “machismo”. Más en general, los resultados de toda esta campaña anti violencia de género son nulos si se miran los números que sus mismas promotoras brindan. ¿A qué se debe?

— Al hecho de que los países con menores índices de homicidios, tanto de hombres como de mujeres, y de atentados violentos contra la propiedad, son los que tienen menores índices de desigualdad absoluta, y no los que poseen más secretarías de la mujer. Según el estudio de Goda y Torres García de 2019, hecho en 59 países desarrollados y en desarrollo, es la desigualdad lo que correlaciona con este fenómeno.

— La legalización del aborto, ¿no implica una nueva desventaja para los varones? No tienen voz ni voto en el tema, aun si se trata de una pareja establecida. A la inversa, una mujer puede imponerle la paternidad a un varón, así se trate del fruto de una relación casual. Ante un embarazo inesperado, el hombre no tiene escapatoria, la mujer puede decidir.

— Creo que tanto las mujeres como los hombres deben poder decidir si darán ese paso de gran responsabilidad que implica ser padres. Es un tema que se debate en el masculinismo, con distintas posiciones: algunos proponen, por ejemplo, que el varón se pueda desligar de la manutención de un hijo que no desea traer al mundo. Todos coinciden en oponerse al denominado “fraude parental”, por el cual una mujer engaña a un hombre para quedar embarazada de él o asegura que un hombre es el padre biológico de su hijo, sabiendo que no lo es.

— Tu libro se titula “El Patriarcado no existe más”. ¿Tuvimos un sistema patriarcal en Argentina? ¿O solo algunos rasgos? ¿Se puede datar el fin del patriarcado?

— Literalmente patriarcado significa “La regla del padre”. La palabra se origina en el griego patriarkhés, que quiere decir “padre o jefe de una raza”, patriarca, y está compuesta por otras dos palabras: “patria” y “regla”. Históricamente fue utilizada para referir a la autocracia (el poder de una sola persona) del cabeza de familia, pero a partir de la publicación del libro de Kate Millett “Política sexual” pasó a ser sinónimo de una confabulación de todos los hombres para oprimir a la mujer. Fue el feminismo radical el que a partir de la década del 70 del siglo XX postuló la hipótesis de dominio estructural de los varones bajo el concepto de patriarcado. Silvia Walby lo define como “el sistema que autoriza a los hombres a explotar a las mujeres” en su libro “Theorizing Patriarchy”. Así definido, como una confabulación o una opresión sistemática, dudo que haya existido. Sí es cierto que durante muchos periodos históricos el ámbito de la mujer fue el privado y la esfera pública estuvo reservada a los varones. Por eso las mujeres no podían estudiar, poseer propiedades o acceder a tantos derechos de la esfera pública. Pero creo que si la especie humana ha llegado hasta acá es porque también hombres y mujeres han colaborado y dividido tareas en el arduo trabajo de la supervivencia y la reproducción. Diría que esa exclusión del ámbito público, esa lucha, todavía se da en los países musulmanes, pero si hubo algo que se asemeje al patriarcado, en la Argentina y en la mayor parte de los países occidentales, ya no existe más.

— ¿Existe en Argentina una corriente crítica del feminismo hegemónico o sólo casos aislados?

— Hay una gran corriente crítica en la Argentina. Abogadas como Patricia Anzoátegui, que acaba de publicar un libro sobre denuncias falsas, o Bárbara Peñaloza, que logró un fallo ejemplar contra una estudiante de derecho mendocina que escrachó en las redes a varios jóvenes, algunos menores de edad, afectando su derecho al honor. Hay canales de Youtube como La entropía de Valen o el mío, entre muchos más canales hispanoparlantes dedicados muy especialmente a criticar al feminismo hegemónico, hay varias agrupaciones que luchan contra la obstrucción del vínculo de los padres con sus hijos y algunos periodistas solidarios con nuestra causa. Dos entrevistas que me hizo un canal de TV sumaron tres millones de espectadores. Esto revela un gran interés por el tema.

— ¿Vamos hacia una dictadura de género?

Yo diría que hay excesos y, a nivel estructural, un creciente hembrismo, que es el sexismo contra los varones, reflejado en expresiones androfóbicas como la que presupone -en palabras de la feminista Rita Segato- la existencia de una “cultura de la violación”, cuando los violadores son una ínfima minoría, y la violación es repudiada incluso en la prisión por los reclusos. O cuando en dos sentencias cercanas en el tiempo, como los fallos Escobar y Sanduay, cuando la juzgada es una mujer se define “pareja” de una manera más estricta, tal como lo hace el Código Civil, y se la libera del agravante por el vínculo, y cuando el juzgado es un varón, “pareja” es definida de manera más laxa (“mediare o no convivencia”), tal como lo hace el Código Penal en su modificación del 2012, aplicando el agravante. No es buena idea convertir a la mitad de la humanidad en enemiga de la otra mitad. Si hemos llegado hasta aquí es porque ambas mitades se han entendido, y el futuro de las próximas generaciones depende de que lo sigan haciendo.

Fuente: Infobae

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